GUILLERMO ROSSI
  El espejo
 

Al principio creyó que se trataba de uno de esos sueños que solían llegar de madrugada cuando estaba por despertarse. Sólo distinguía siluetas imprecisas que se fundían en velos inciertos y rojizos. La nitidez fue aumentando gradualmente hasta que al fin comenzó a reconocer formas terrenales: el pié de una cama, una mesa de luz, un ropero. Al cabo de un rato (imposible precisar cuán largo fue), su visión se adaptó a la escasa luz del entorno y percibió los rasgos de una habitación. El desorden era pavoroso: libros de música desparramados por todos los rincones, desperdicios de la cena sobre una silla, botellas descorchadas aquí y allá, algunas por la mitad, otras totalmente vacías; a la derecha, sobre una pequeña mesa, el borrador de una sonata junto a los restos del desayuno; a la izquierda, sobre un baúl, cartas de amigos o de negocios; en el suelo,  pruebas de imprenta a la espera de ser corregidas; hojas garabateadas y bocetos de obras inconclusas encima del piano. Sin duda era su cuarto, tal como lo había dejado antes de acostarse.

La disposición de los muebles le reveló su ubicación: se encontraba junto a la pared de la cómoda, un poco por encima de la altura de sus ojos. Esto lo desconcertó. Recordaba que en ese lugar colgaba el espejo sibilino que había adquirido en un viaje por los Cárpatos.

La escena era ridícula pero divertida. Observaba su cuarto, en un estado de deliciosa irrealidad, aunque con suficiente lucidez para no caer en la trampa de este espejismo.

El tiempo fluyó apacible, mientras la visión de ensueño perduraba inalterada. Sintió ganas de cambiar de posición, pero no pudo. Roces metálicos y trinos de cristales comenzaron a llegar a sus oídos. Enseguida distinguió una cadencia y el timbre inconfundible del oboe destacándose sobre el fondo luminoso de las cuerdas. La melodía aumentaba el volumen lentamente; los acordes sonaban equilibrados, precisos y tan acertados que le urgió volcarlos sin demora en un pentagrama. La musa, como otras tantas veces, lo visitaba para entregarle el don velado de percibir la música completa y simultánea. Quiso volver la mirada hacia atrás y luego hacia los costados pero fue inútil, sólo podía mirar hacia adelante. Percibió detrás de él una oscuridad azul y vacía. Su corazón se aceleró fuera de tempo.

Lo animó la idea que pronto despertaría y podría escribir tan magnífica obra. El contrapunto laberíntico de los vientos lo arrastraba lejos y los vahos dulces del sueño lo reconciliaban con los goces y las miserias de su vida. Sin embargo, lejos de despertar, ocurrió algo más bien diferente: personas conocidas, familiares, comenzaron a aparecer en la habitación. Entraban, daban vueltas, observaban el piano, acariciaban las teclas con admiración; algunos recogían papeles y los leían con detenimiento. Otros, pasaban delante de sus ojos, se detenían y fingían observarlo; se acomodaban el pelo, hacían algunas muecas; las mujeres se arreglaban el maquillaje y finalmente todos, absolutamente todos, se marchaban en silencio. Perplejo, intentó hablarles, hacerles notar su presencia, pero fue en vano. No controlaba ninguna parte de su cuerpo. Se inquietó. Ese momento de abandono placentero, ese ínfimo instante entre descanso y vigilia, creía, era lo más cercano que el hombre se encontraba de vislumbrar la muerte. La vida lo era todo y nada al mismo tiempo: una sombra huidiza, un eco distante del cual no era posible aferrarse ni fijar la vista.

Hasta ese momento creía haber estado observando su habitación desde la visión confusa del sueño. Ahora tenía la horrorosa impresión de estar habitando en un mundo sincrónico y paralelo. Lo asaltó una idea descabellada que al principio, se negó a aceptar: el límite de su cuerpo coincidía con el de algún objeto de su cuarto y no podía salirse más allá de éste.

Sus ojos se habían hinchado, sentía la lengua gruesa y pastosa; su garganta se había estrechado al punto que sólo un hilo de aire entraba en sus pulmones. Se sintió cansado y enfermo. Otra vez intentó moverse, pero tampoco tuvo éxito: estaba tan inmóvil como un objeto empotrado en la pared.

El crescendo de la música llegó al punto culminante con siseos monocordes que le recordaron silbidos de serpientes. Vio sus manos sacudirse con energía, interpretando sobre un piano inexistente. Los instrumentos se duplicaban, se triplicaban, la melodía se había tornado más aguda y filosa. Sentía los músculos del cuello anudados y creció la tensión en sus brazos. Se llevó las dos manos a la cabeza: un insecto parecía crecer en su mente. El anhelado despertar no llegaba y la desesperación desbordó el cauce de su calma. Abrió los ojos y recorrió el cuarto con detenimiento. Fue entonces cuando descubrió un cuerpo recostado sobre la cama. Una figura humana yacía inmóvil, los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza tapada con una manta. Un frío glacial recorrió sus venas. La música se detuvo y un alarido humano empañó el cristal del espejo.

 
   
 
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