GUILLERMO ROSSI
  La Rubia Mireya
 

Aquel jueves, cuando Quiroga decidió ir a “La Rubia Mireya”, las primeras sombras de la noche descendían rápidamente sobre la ciudad y los faroles de la calle comenzaban a encenderse. Se trataba de una cantina de mala muerte ubicada en el barrio del bosque, a las afueras de La Plata. La construcción era antigua y estaba muy venida a menos: paredes altísimas con el revoque carcomido por la humedad y aberturas de madera que necesitaban recambio urgente, o al menos, una generosa capa de pintura.

En una remota época de bonanza, en “La Rubia Mireya” había funcionado el club vecinal, un establecimiento muy respetable. Ahora, solamente se utilizaban dos salones que recibían a un público muy diverso. Los fines de semana iban familias que aún podían darse el lujo de almorzar afuera; el resto de la semana, y especialmente de noche, se transformaba en un aguantadero de borrachines, prostitutas y gente de mal vivir.

Quiroga se detuvo frente a la puerta, miró el reloj y luego el cartel de bienvenida encima de la entrada. Respiró hondo, tanteó el bulto debajo de campera y entró con determinación. La iluminación era deprimente y el aire estaba saturado de humo de cigarrillo y de olor a fritura. A la izquierda, bajo la luz de unas lámparas polvorientas, dos tipos jugaban al billar y tomaban vino en silencio. En un rincón, un flaco desgarbado y barbudo despachaba bebida y fichas de billar frente a una improvisada barra. En la pared del fondo se alzaba una estantería metálica que casi llegaba al techo. Estaba abarrotada de botellas de vino, licores, camisetas de fútbol, banderines y muñecos de peluche; todo conectado entre sí mediante añosas telarañas y salpicado por ínfimas gotas de grasa.

A la derecha, una arcada de piedra abría paso al restaurante: una docena de pequeñas mesas de madera, con manteles de hule y paneras de plástico. Casi todas estaban vacías, excepto una en el fondo, donde un cincuentón, grueso y de calvicie lustrosa, devoraba un plato de comida. Ni bien Quiroga lo vio, fue hacia él. Caminó haciendo sonar sus pasos en los tablones del suelo, pero sentía la respiración acelerada. Cuando estuvo frente a la mesa, hizo un saludo con la cabeza, apartó una silla y se sentó.

—Renuncio, jefe.

El “jefe” luchaba con un enorme plato de ravioles con estofado. Vestía una camisa azul oscura y una corbata amarilla floreada. Usaba un perfume muy dulce, que a Quiroga le recordó el olor del corso del barrio.

El tipo tomó un largo trago de vino y después preguntó:

—¿Qué dijiste, pibe? —

El jefe era bastante gangoso y arrastraba una “pe” al final de las palabras.

—Que renuncio. Me planto, no quiero saber más nada de este “laburo”…

Quiroga golpeteaba sus dedos sobre la mesa. El gordo lo miró en silencio y se sirvió otra porción de carne.

—Oíme —le enderezó la cara con la mano y la sostuvo frente a la suya. Las manos del jefe eran pesadas como una baldosa y apestaban a tuco y a cigarro—. Éste no es un negocio de pilchas. Estás metido hasta el cogote. Mucha gente conoce tu facha, y vos junás muchos contactos. Además me sos muy útil…¿Entendés criatura? —le soltó la cara y siguió comiendo—.

—¡No es cierto! —Quiroga gritó—. Tenés a los pibes que te hacen el laburo por un atado de fasos. Yo estoy gastado y te salgo caro.

El gordo revolvía rabiosamente la comida con el tenedor y el olor de la salsa de tomate transportó a Quiroga a otra época. La voz áspera del gordo lo trajo de vuelta a la cantina.

—¡Ahora te arrepentís!… —le gritó furioso—. ¿Para esto querías verme? ¡Cabrón!

—¡No me hablés así, carajo! —lo increpó Quiroga.

—¿Es esa mina que te enganchaste, no? ¡Seguro que esa turra te habla mal de nosotros que te damos laburo! ¿Sabés que voy a hacer? ¡Te la voy a hacer boleta, eso es lo que voy a hacer! ¡Bo-le-ta!

Quiroga sintió un alfilerazo entre los ojos, se paró de un salto y sacó un revolver debajo de la campera.

—¡Te voy a quemar, gordo de mierda! —gritó enfurecido.

El gordo intentó mantener la calma pero uno de los ojos había comenzado a temblarle. 

—Está bien… está bien, tranquilo pebete —dijo, levantando las manos—. Tenés razón: ¿para qué queremos arrepentidos batidores? ¡Ya estabas  afuera, después de todo!..

—¿Qué decís? —se indignó Quiroga—. ¿Cómo que “ya estaba afuera”?

—Tranquilo pibe. Si querés salir, ¡te vamos a dar el gusto!

El gordo apoyó ambas manos en su prominente barriga y luego comenzó a reírse a carcajadas. Quiroga lo observó con desprecio.

 —¡Tomemos un trago! —dijo, mientras se daba vuelta y le pedía otra copa al mozo— ¡La vida es corta! Brindemos por un amigo que se nos va.

—No vine a tomar nada  ¿Qué es eso que “me van a dar el gusto”?

Quiroga estaba todavía de pie y aferraba el revólver.

—Que te vamos a dejar volar, pajarito. Sentáte piola y bajá el fierro —inclinó la cabeza hacia delante y con el dedo índice le señaló que se acercara—. Todos nos miran … Acompañáme con un tinto ¡aflojá!

—Servido, Don Romero —dijo el mozo y dejó una copa sobre la mesa.

El gordo la empujó hacia Quiroga:

—¡Qué bien vestido te viniste hoy, eh! —se burló—. ¿Vas a salir con tu amiga?

—No me jodas Romero. Quiero hacer otra vida. No voy a batir a nadie.

—Si, es cierto, perdonáme —fingió recapacitar el gordo —, estoy demasiado nervioso. Es que no quiero que me dejés. Te enseñé todo y ahora ¡te vas!  Sos mi pollo, no es fácil. Vamos, dale, tomemos juntos el último trago.

—¡Basura! Te advierto que si algo me pasa, vas en cana: dejé todo escrito, quién es quién…y sobre todo quién es Don Romero.

—¡Hijo de puta!

Quiroga le apuntó al estómago.

El gordo se levantó y le volcó la mesa encima. Un disparo quebró el silencio de la cantina. Quiroga cayó al suelo y el revolver saltó por el aire. Antes que pudiera incorporarse, una mano le aplastó la cara contra el suelo, sintió el peso de un gorila en la espalda y alguien que le tiraba de los pelos. Intentó zafarse pero fue inútil: ya tenía el caño de una pistola clavado en la sien.

—¡Ahora vas a ver, pendejo! —le gritó el gordo fuera de sí.

El que lo tenía de los pelos le refregaba la boca contra el suelo, sobre el revoltijo de ravioles, tuco y pelusa que había desparramado en las tablas. Después le giró la cabeza obligándolo a mirar al costado. Quiroga reconoció a uno de los tipos que jugaban al billar. Luego, la cara del gordo.

—¿Así que me ibas a quemar? —le pateó el hígado.

Quiroga chilló y se maldijo por no haberle disparado antes.

—Y ahora —agregó el gordo—, me vas a dar ese famoso “papelito” que dejaste escrito, ¿Dónde lo guardaste? ¡Hablá!

Quiroga levantó forzosamente la cara del suelo y le lanzó un escupitajo que aterrizó entre el zapato y la media del jefe.

El gordo se indignó y le volvió a patear el mismo costado. Llamó a uno de los tipos del billar.

—Limeres, andá y decile a Vega que traiga la “ambulancia” —dijo con una sonrisa sarcástica—, este viejito necesita “internación” urgente.

Limeres volvió al rato con un petiso de pelo enrulado y una rubia vestida de enfermera que traía un maletín de médico. Tendría unos treinta años, era menuda y bastante llamativa. Usaba un uniforme que le ajustaba en los pechos y se notaba que lucía el volumen con orgullo. De cerca tenía unas cuantas arrugas en la cara que la hacían parecer mayor.

—Cuando diga, Don Romero —dijo Limeres. La ambulancia está preparada con el “equipo” de paseo.

A los empujones, Limeres arrastró a Quiroga afuera del club. Ya había anochecido y lloviznaba. Los adoquines estaban resbaladizos y Limeres trastabilló cuando intentó abrir la puerta trasera de la ambulancia. El gordo lo miró a Quiroga y le señaló con la pistola que entrara. Luego entró la rubia con el maletín y después le indicó a Vega que subiera.

—Esperá —dijo la rubia.

La enfermera se acercó al gordo y le apoyó el pecho en un brazo.

—Mejor vamos solos —le susurró en el oído—, cuando este se “duerma”, aprovechamos la camilla de al lado...

Romero le devolvió una mueca obscena con la lengua y le ordenó al petiso de rulos que se sentara adelante. El tipo asintió de mala gana y se metió en la ambulancia. Limeres cerró la puerta trasera y se sentó al volante.

La parte de atrás de la ambulancia era bastante pequeña. Romero obligó a Quiroga a acostarse en la camilla. Luego sacó unas esposas y lo sujetó a un caño, le sacó el cinturón y le ató los pies a la camilla. El jefe y  la rubia se sentaron enfrente.

—Así que me querías quemar —repitió el gordo—.

La ambulancia giró en una rotonda y tomó la ruta que unía La Plata con Berisso.

—¿Dónde dejaste el papelito? ¿Lo tiene tu amiguita, no?

Quiroga no contestó.

—Ahora vamos a ir a tu casa y la vamos a convencer a tu “media naranja” que nos cuente.

—No te molestes gordo, —dijo Quiroga—, la nota está en la red. Si no llego a casa mañana, ella va a saber qué hacer.

El gordo golpeó la luneta y le hizo unas indicaciones a Limeres.

—Enfilamos para río Santiago, pero antes te vamos a tener que vacunar un poco—se rió.

La rubia sacó del maletín dos hipodérmicas y preparó una. La ambulancia dobló en un desvío y entró en una zona oscura; de pronto, se balanceó bruscamente y comenzó a bandearse sin control.

—¡La puta madre! —gritó Limeres—

La ambulancia salió del camino y cayó dentro de una zanja. La rubia salió despedida hacia delante y la hipodérmica se enterró hasta el fondo en la nalga del gordo.

—¡Boluda!

La rubia sacó rápidamente la aguja de la nalga de Romero, pero la jeringa ya se había vaciado. El gordo comenzó a tomarse del estómago, tuvo un mareo y empezó a vomitar sobre la camilla. La rubia, desesperada, preparó otra inyección. El gordo tiritaba por el mareo y se acostó en otra camilla. Estaba lívido y tenía la vista completamente extraviada.

La enfermera se apresuró a desatar los pies de Quiroga justo antes que se abriera la puerta y entrara Vega con un revólver.

—¿Qué carajo pasa acá? —gritó, mientras intentaba abrirse paso hasta el jefe.

Cuando el petiso pasó cerca, la rubia le enterró la inyección en la nalga y le quebró la aguja adentro.

Vega lanzó un alarido y se pasó la mano por la herida.

—¡Hija de...

Quiroga le dio una patada y le sacó el arma.

Vega comenzó con convulsiones y vomitó sobre el gordo. La rubia liberó a Quiroga justo cuando Limeres aparecía frente a la puerta trasera del vehículo.

Ambos le apuntaron y lo obligaron a entrar. La enfermera recogió la pistola del suelo, esposaron a los tres y saltaron afuera de la ambulancia. La rubia se quitó el uniforme y abrazó a Quiroga. Se besaron como si hubieran pasado siglos desde la última vez. Afuera continuaba lloviendo y había comenzado a bajar una niebla espesa que se confundía con los vapores contaminados de la destilería. Una sirena se escuchó a lo lejos y aparecieron luces en el camino. Sin perder un solo segundo, Quiroga y la rubia corrieron afuera de la ruta y se perdieron entre los pajonales.

 
   
 
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