GUILLERMO ROSSI
  Sorpresa
 

Eva lo venía planeando desde hacía más de un año. Reparó en todos los detalles: lugar, época del año, hoteles, línea aérea, excursiones y, tal vez lo más importante a su edad: la comida. Realizó un trabajo fino y meticuloso. Estudió de cerca cada uno de los pasos, como si se tratara de armar una delicada pieza de relojería. Todo debía salir perfecto en este primer y, tal vez, último viaje importante de su vida.

Durante meses le ocupó gran parte de su tiempo, dinero e imaginación. Trabajaba horas extras en la tienda y de noche consultaba libros, mapas y guías de turismo. Anotaba los lugares, precios y hosterías más convenientes. Armaba y desarmaba recorridos y visitas. Le encantaba fantasear con los detalles. ¡Hasta  se había imaginado la conversación con la empleada de la aerolínea en el momento de abordar el avión!

Pero lo que más disfrutaba, era figurarse el momento cuando, por fin, le contara a Rita, su hermana, la verdad que había estado escondiendo por casi quince meses. ¡Quince meses y ni una sola palabra! Ni una señal. Ningún cabo suelto. Nadie se había dado cuenta. Había resistido estoicamente los momentos de debilidad y hasta algunos agravios. Porque algunos habían dejado entrever, que las llegadas tarde a su casa, a la noche, se debían a que se veía con un hombre del barrio.

¿Qué actitud despertaría en su hermana cuando se enterarse? ¿Lo tomaría bien? ¿Se sentiría molesta? No veía la hora de estar frente a ella y romper el silencio. Ahora, por fin, había llegado el momento de mirarla a los ojos y ponerla al tanto de su proeza. Explicarle que hacía cinco años estaba ahorrando, escatimando aquí y allá,  privándose de cosas esenciales, viviendo con lo justo. Que tuvo que vender su auto, y las joyas que heredó de la tía; pero que al fin, se había dado el gran gusto y había comprado pasajes para ir a la isla Creta, en Grecia, a conocer la tierra de sus padres.

Sí, pasajes. Porque ésa era otra parte del secreto. Y la más jugosa. Eva había comprado pasajes para ella y también para su hermana.

Dentro de un mes exactamente, en Junio, Rita iba a cumplir setenta y pensó que era el mejor regalo que podía hacerle. En Creta sería verano, la época ideal para conocer la gran isla.

¿No era justo, acaso? ¿Cuántas veces, de jóvenes, habían soñado juntas caminar a lo largo de la ribera de Agioi Apóstoloi?  Ese pequeño y pintoresco pueblo de pescadores al oeste de Chainá, donde sus padres habían nacido, conocido y casado. Pasear por el pueblo, reconocer los lugares tantas veces mencionados en su casa. Andar por el mercado, visitar el puerto Veneciano, disfrutar de las comidas regionales, de la fruta de estación. También aprender un poco de historia, ¿por qué no?

Aprieta fuerte los pasajes y los vuelve a mirar, como si tuviera entre sus manos la llave de la felicidad. Pero no de una felicidad vaga y difusa, sino una concreta y cercana. Sentada frente a la mesa redonda del mantel verde, sonríe sola y ensimismada, al recordar cuando con Rita se sentaban juntas a tomar el té las tardes de domingo; allí, en ese mismo lugar. Cuando añoraban ese viaje a la isla, juntas.

Nunca supo bien por qué, pero siempre imaginaban la hora cuando el sol comienza a ocultarse lentamente en las aguas azules del Mediterráneo. Eva, incluso había podido recrear las sombras, largas y profundas, que proyectaban las barcas en la arena y las construcciones rústicas al costado de la playa. Habían imaginado a sus padres, jóvenes,  caminar y sonreír frente a esa misma  playa, en ese momento del día; cuando todo comienza a colorearse de un tono amarillento, a envolverse en la melancolía dulce y sutil del atardecer en la gran isla.

Eva mira el reloj de la pared. Son las cinco de la tarde. Su hermana, como todos domingos, llamará a su puerta de un momento a otro. Nerviosa, acomoda las flores sobre la mesa, estira el mantel y se asegura que el resto de las cosas esté en orden. Se levanta y va a la cocina. Toma un vaso de agua sin tener sed y luego se dirige rápidamente al comedor, donde se deja caer en el sofá, a esperar. Repasa los detalles. Todo sale según lo planeado. Sólo falta que venga su hermana. Actuará naturalmente: la saludará, le preguntará lo de siempre, tomarán el té y volverán a pensar en el viaje. Luego le hará cerrar los ojos y al abrirlos, Rita tendrá los pasajes frente a sus ojos.

Repentinamente, en el medio de la alegría, un destello de miedo golpea los pensamientos de Eva. Un temor infundado que nace, así, de golpe. Tal vez un mecanismo natural que surge para neutralizar semejante felicidad.

-Tal vez todo esté saliendo demasiado bien, pensó. No vaya el Diablo meter la cola. 

Sacude la cabeza, como quién quiere ahuyentar una idea funesta. Sonríe nuevamente, cierra los ojos y vuelve a la isla. Se ve a sí misma,  caminando a la vera del mar, disfrutando de la frescura y firmeza de la arena húmeda y plana. A su izquierda el mar se extiende infinito y calmo como una gran olla. Algunas olas llegan tímidamente hasta sus pies y pisa la espuma con ganas. Rita está con ella, su lado; con su andar firme, enérgico. Con la soltura y naturalidad de cuando eran dos chiquillas. Pero, acaso ¿no lo eran todavía? ¿No era el tiempo un  traidor que las había maquillado y las había disfrazado de viejas, cuando aún seguían siendo las mismos niñas de siempre?

Faltan solo treinta días para viajar. Se convence a sí misma que era el tiempo suficiente para que Rita pudiera arreglar sus cosas. ¿Qué más necesitaba? Se acomoda en el sofá, entorna nuevamente los ojos y retorna a su fantasía. Una bandada de pájaros vuela sobre una pequeña barca pesquera. Los chillidos de las aves interrumpen el silencio de la playa. Casi puede ver frente de ella un grupo de niños morenos tirando afanosamente de los extremos de una red, intentando extenderla sobre la arena. Ve destellos plateados saltar vivaces del interior de la red, una y otra vez a medida que la despliegan sobre el suelo. Los jóvenes saludan con sonrisas blancas y amigables y ellas le devuelven el saludo levantando sus brazos. Frente a la costa, dos caiques se desplazan presurosos hacia el muelle de Chainá. La tarde pone fin a las actividades del día.

Pero, otra vez una alerta sacude la tranquilidad de Eva. Sobresaltada, se pone de pié y va a la cocina. Mira el reloj de la pared. Inquieta descubre que el tiempo pasó rápidamente. Ya eran las seis y no había señales de Rita. Suspira, trenza los dedos de sus manos y las lleva a sus labios. Era extraño. Tampoco avisó por teléfono.

Camina en círculos unos minutos, visiblemente ansiosa, rodeando la mesa del mantel verde. Se tranquiliza a fuerza de repetirse a sí misma que la demora es casual.

-Tal vez haya pasado por la panadería por unas masas, o por la farmacia- piensa.

El rostro de Eva se ensombrece. Al pronunciar esta ultima palabra ha recordado aquella misteriosa llamada telefónica de su hermana, unos meses atrás, cuando entre sollozos le contó de la enfermedad. Tal vez no tuvo en cuenta todo. Tal vez descuidó lo más importante. Está confundida, cree recordar, como en sueños que su hermana tenía superado el problema. Quizás por haber estado demasiado compenetrada con el viaje, había descuidado su entorno.

¿Por qué Rita no llegaba?

Vuelve al comedor y al sofá. Debía tranquilizarse. Lo mejor era pensar en el viaje, en la playa. La brisa del mar trae un delicado aroma a sal y a frutos de mar. Su estómago cruje. Apura el paso y camina en diagonal sobre la arena seca y blanca, hacia el antiguo restaurante de la playa, de donde vienen luces y una música suave. Al moverse, hunde decididamente sus dedos en la arena, buscando el masaje y la calidez del suelo que se amolda bajo sus pies

La campanilla del teléfono hace saltar a Eva del sofá. Inexplicablemente, tiene un presagio.

Corre a atender, confundida, pensando en sus miedos. En ese mismo instante suena el timbre. Eva se detiene, no sabe qué hacer primero. Duda, piensa. Desconfía. Como si advirtiera una trampa fiera del destino, que le está poniendo en sus manos el poder de decidir el final una historia. El verdugo de una historia feliz. No duda más y se precipita, corre, hacia la puerta. Siente el corazón salirse de su pecho, teme una mala noticia.

Espía por las rendijas de la ventana y no ve a su hermana. Sus manos le tiemblan. Respira hondo. Toma coraje y abre la puerta con decisión.

Al hacerlo, la ve, parada frente a su casa.

Eva siente que el mundo vuelve a girar en su lugar. Tiene que respirar hondo dos veces antes de hablar.

—¡Eva! Hola- sonríe Rita y extiende un paquete. –Traje esto para el té.

 —Hermana... dice Eva, casi sin aliento. La toma de la mano con firmeza y la conduce delicadamente dentro de la casa.

—Pasá, Rita, tengo algo que contarte.  Agrega, con el corazón en la garganta.

 

El sol declina y a lo lejos, el horizonte se recorta como una recta graciosa y vibrante, simplista y osada, intentando abreviar al mundo solo en dos mitades: cielo y mar, nubes y olas, pájaros y peces.

Entre ambas, van las hermanas, caminando con su vaivén, deslizándose despreocupadamente entre la arena blanca y el mar azul, saltando de un pensamiento a otro. Moviéndose dentro sus sueños, ese mundo sin testigos donde todo les era posible.

Ríen, se empujan, se abrazan. En momentos sienten tener de cerca el verdadero significado de la palabra vida. 

 
   
 
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